Historia de la domesticación del perro

Los descubrimientos más recientes indican que el perro (Canis familiaris) es una subespecie doméstica que desciende del lobo gris (Canis lupus). Según estudios de los mapeos genéticos (mtDNA) de ambas especies y de anatomía comparada basados sobre todo en cráneos desenterrados, el perro prehistórico se separó del lobo al encontrar cerca de los grupos nómadas humanos un nicho ecológico. Es muy probable que el perro haya sido el primer animal domesticado, siendo usado posteriormente para ayudar a bandas de hombres en la caza, para defender al grupo y su morada. Se cree que el primer perro doméstico conocido, que poseía una gran mandíbula canina con dientes más desarrollados que los perros que hoy conocemos, vivió hace aproximadamente 32.000 a 31.700 años y que este tipo de perros prehistóricos subsistieron con una dieta carnívora, a base de cazar grandes animales: presas como caballos, renos y el buey almizclero eran su comida.

Estas suposiciones están basadas en un estudio tras el descubrimiento de restos arqueológicos que fueron excavados en la cueva Goyet en Bélgica, sugieren a los investigadores que el pueblo Auriñaciense de Europa desde el período Paleolítico superior fue la primera población del planeta en tener como compañeros a perros domesticados. Bellas joyas y herramientas, manifestaciones estéticas en pinturas rupestres donde se representan los grandes animales de caza, caracterizan a esta cultura. La cultura Auriñaciense, que se extendió por Europa central y el levante mediterráneo sustituyó hace unos 38.000 años antes de nuestra Era aproximadamente, a la cultura Musteriense y en otros lugares al Chatelperroniense, en el inicio del Paleolítico Superior.

Cultura Auriñaciense

Dentro del debate sobre los restos esqueléticos de mayor antigüedad que corresponden a perros prehistóricos se consideró hasta el año 2008 que las pruebas más antiguas se habían encontrado en los hallazgos arqueológicos de Eliseevich, Rusia. Un fragmento óseo de mandíbula descubierto en el año 1873 en una cueva de Kesslerloch, en el norte de Suiza, había sido ignorado hasta que unos paleontólogos alemanes, Hannes Napierala y Hans-Peter Uerpmann, publicaron un artículo científico titulado A ‘new’ palaeolithic dog from central Europe (Un «nuevo» perro paleolítico de Europa central) en la revista International Journal of Osteoarchaeology. Según sostienen los autores de la investigación, la mandíbula perteneció a un perro doméstico con una antigüedad de entre 14.100 a 14.600 años, a través de la técnica del carbono 14.

Perro paleolítico Kesslerloch

El hombre se dio cuenta rápidamente de los finos sentidos del olfato y el oído que tenía el perro; su área olfatoria es 20 veces más gruesa, en el caso del Pastor Alemán con un volumen 34 veces mayor y con 40 veces más células olfatorias, y su oído es capaz de percibir sonidos muy por debajo y por encima del rango que oyen los humanos. Ventajas que aumentan su utilidad para la caza y las labores de guardia, vigilando los campamentos y cuevas. Su uso como pastor y protector de los rebaños es cronológicamente muy posterior, relacionado con la domesticación y explotación ganadera de otros animales, cuando las bandas de cazadores y recolectores se volvieron sedentarias ya hacia el Neolítico, hace 10.000 años hasta nuestra Era, con el desarrollo de la agricultura y la ganadería. Animal de costumbres sociales, que convive en grupos perfectamente jerarquizados, se adaptó a convivir con los humanos. Poco a poco, el hombre los adaptó a sus necesidades, seleccionando a los perros para las distintas labores y características ambientales y geográficas. Los perros enterrados en el cementerio mesolítico de Svaerdborg en Dinamarca muestran que, en la antigua Europa, eran ya una valiosa compañía. El dingo es un perro antiguamente domesticado, unos 5.000 años antes de nuestra Era en el territorio que actualmente ocupa Australia, aunque hoy en día se considere salvaje o al menos silvestre, pero no es un perro prehistórico de las sociedades de cazadores, sino que pertenece totalmente al Neolítico, en sociedades de agricultores, pastores y ganaderos.

Los grupos humanos previos al Neolítico consumieron la carne de los perros prehistóricos como una fuente más de alimento cuando escaseaban las presas de caza. De manera extremadamente gradual, en transformaciones culturales muy lentas, los asentamientos humanos valoraron al perro en simbiosis artificial, empleándolo en tareas de apoyo como la caza, la guardia y el pastoreo de ganado. Para las sociedades modernas europeas y anglosajonas con una burguesía predominante en la estratificación social, comer la carne de perro es un tabú alimentario, ya que el perro ha dejado de ser empleado como alimento, salvo periodos de extrema miseria y necesidad como tras una guerra o alguna catástrofe, y también se ha abandonado en las urbes su uso en tareas de apoyo al hombre, no así en los entornos rurales donde mantiene sus funciones de vigilante y pastor de rebaños. Las clases sociales occidentales en zonas urbanas industrializadas de sociedades de consumo tienen al perro como animal de compañía y un miembro más de la familia. En muchos casos compran perros de pura raza y certificado de pedigree adjunto para afirmar un status socio-económico en su entorno y presumir en su vecindario, siendo un tipo de tenencia gentrificada que sólo ha existido en el periodo contemporáneo, en una fase moderna de aburguesamiento sin precedentes históricos, que junto al crecimiento demográfico humano, ha conllevado un problema de superpoblación también en los animales domésticos.

Sin embargo, todavía en el siglo XXI muchas sociedades humanas consumen la carne de perro y los tratan como al resto de animales que son hacinados en condiciones miserables antes de morir en los mataderos de la industria cárnica. Ocurre sobre todo en la gastronomía de sociedades asiáticas: en China, Corea (bosintang / gaejangguk / gutang), Filipinas (asocena), se elaboran platos con carne de perros. A partir del debate contemporáneo por los derechos de los animales, el enfrentamiento de las culturas occidentales hacia el consumo de carne de perro incluye cada vez más movilizaciones, presión social e investigaciones sobre los países donde se mantiene esta tradición. Notablemente en China, se matan cientos de miles de perros anualmente para el consumo de su carne. No es por el hambre que pasan las sufrientes poblaciones del interior, sino para abastecer restaurantes frecuentados por chinos con poder adquisitivo en la costa, al este del país, aunque esta práctica alimentaria se remonta por lo menos hasta la dinastía Zhou (1050 a. C. y 256 a. C.).

En Corea existe también una larga tradición en el consumo de carne de perro, en el conjunto de tumbas de Koguryo en la provincia de Hwangghae, un yacimiento patrimonio de la humanidad por la Unesco que data de los siglos IV-V a.C. y donde se han excavado miles de tumbas, se conservan decenas de pinturas murales del reino Goguryeo con imágenes de animales y escenas de actividades cotidianas, como la caza. Una de las pinturas representa un perro sacrificado en una bodega. En China muchos de los perros utilizados para el consumo de carne no provienen de criaderos donde se cruzan razas de tamaño grande y rápido crecimiento, sino que son atrapados en las calles o recogidos entre los abandonados para posteriormente transportarlos hacinados en jaulas. En Corea existe una denominación para los perros que se matan para consumir su carne, Nureongi / Noo-rung-yee / hwangu, literalmente «perro amarillo», también llamados ddong-gae, literalmente «perros comunes o mestizos». La cultura y el lenguaje coreano distingue entre los perros empleados para carne y los perros que son mascotas. A perros de raza china como el pequinés, o de raza coreana como jindo se hace referencia mediante grafías como «견» y «犬», mientras que a lobos, perros callejeros, y perros criados para carne se les llama «구» o 狗». Este último término se utiliza para ganado canino. Lo más chocante es que existe un gran parecido entre el perro coreano Jindo leonado, de color ocre, y el perro Nureongi, mestizo.

nureongi

perro jindo coreano

Los perros siempre han acompañado al ser humano en su proceso de civilización; su presencia está probada en todas las culturas del mundo, así en Perú en la etapa preincaica, los mochicas los usaban como ayuda de caza y también como mascotas en casa. En los restos arquelógicos de la tumba del Señor de Sipán, gobernador precolombino del siglo III, se encontraron en 1987 restos mortales de un perro, además de dos llamas, que seguramente se usó en la caza, ya que el cráneo tenía perfectamente desarrollados sus molares; el cráneo del perro doméstico carece de estas piezas dentales o las tiene atrofiadas, al no necesitar estos dientes para el tipo de alimentación que tienen como actuales mascotas, generalmente basado en pienso procesado o sobras de alimentos cocinados.

La percepción del perro por parte del ser humano ha variado históricamente según las culturas, en varias etnias americanas anteriores al descubrimiento del continente por parte de los europeos en el año 1492, tal cual aún ocurre en zonas del Extremo Oriente Asiático como China o Corea donde los perros han sido usados directamente como alimento; en zonas de Oriente Medio el perro ha sido asociado por su aspecto con los chacales, de hecho erróneamente se creyó hasta el desarrollo de la genética en el siglo XX que los perros comunes de todo el mundo eran descendientes de chacales y al ser los chacales animales principalmente carroñeros, los perros también han sido considerados en diferentes sociedades animales impuros.

En pleno Neolítico, en las civilizaciones antiguas y culturas fluviales de Mesopotamia, los egipcios y los pueblos habitantes de Oriente Próximo criaron perros para vigilancia y caza, principalmente mastines y galgos. En la época de Roma imperial (27 a.C. – 476 d.C.) ya existían algunas de las razas de perros que se conocen actualmente, teniendo una preferencia especial por los galgos, los cuales se usaban como perros de cacería, mientras que los grandes mastines o perros molosos eran considerados para la guardia, custodia de villas, y para la guerra. Igual que en muchas viviendas unifamiliares con parcela y seguridad privada puede leerse hoy en día el letrero «cuidado con el perro», los romanos escribían «cave canem» que significa lo mismo en latín, representando a un can cuidadosamente dentro de un mosaico.

Cave Canem
En las ruinas de Pompeya, asolada por la erupción del volcán Vesubio en el año 79 d.C., se han encontrado mosaicos en las entradas de algunas villas romanas donde se advierte de la presencia de un perro guardián.

Cave Canem

Cave Canem

Todo esto se conoce por las figuras escultóricas, representaciones pictóricas y otras manifestaciones estéticas que representan a estos animales domésticos y que se han conservado como bienes culturales tras hallazgos arqueológicos. También los perros eran empleados en esos tiempos antiguos para pastorear rebaños, como vigilantes, para realizar ejercicios de atletismo, como compañía y en algunas culturas, en especial las orientales, fueron incluidos en los cultos sagrados/religiosos.

3 comentarios sobre “Historia de la domesticación del perro”

  1. Excelente, me aclaró muchas cosas que no sabía del perro y que impresionante como deben haber cambiado los perros desde su original domesticado hasta nuestros días.

  2. Excelente investigacion, de las mejores que he encontrado en internet, me ayudó mucho para dar una instrucción, muchas gracias.

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